Diosdado Cabello

14.feb.2013 / 05:55 pm / Haga un comentario

¿QUÉ ES LA TASA DE CAMBIO? La tasa de cambio es el precio de las divisas medido en términos de la moneda nacional. En el caso nuestro, el precio de las divisas se establece en función del dólar estadounidense, divisa de referencia en razón de las relaciones comerciales, financieras y monetarias históricas del país con el resto del mundo. Un factor de mucho peso radica en que nuestro principal −y casi único− producto exportable es el petróleo, el cual comercializamos en dólares. En un sistema de libre mercado, la tasa de cambio es fijado por la oferta y la demanda de divisas, lo que en condiciones de dictadura global del capital especulativo genera crisis financieras recurrentes, como la que presenciamos actualmente en buena parte del planeta. En otros casos, como el nuestro, rige una tasa de cambio fija, acompañada de un control cambiario, cuyo nivel depende de la decisión del Estado, obviamente influenciada por un conjunto importante de factores de diversa naturaleza. Por su incidencia, la tasa de cambio es lo que llaman un precio macroeconómico. Se le da esta definición a las variables que inciden de una manera significativa en la economía y en la sociedad en su conjunto. Otros precios de esa naturaleza son las tasas de interés (precio del dinero) y los salarios, por citar dos ejemplos. En cuanto a la tasa de cambio, ella establece una base comparativa de los precios de los bienes y servicios de una economía con el resto del mundo. Dependiendo de la tasa de cambio, esta relación puede ser beneficiosa o perjudicial para el crecimiento económico de un país, porque determina dónde se puede producir a menores o mayores precios, respectivamente.

¿POR QUÉ SE DEVALUÓ LA MONEDA? En el caso nuestro, al mantenerse la tasa de cambio fija en Bs/US$ 4,30, a pesar de la mayor inflación en nuestro país en comparación con nuestros socios comerciales, se produjo un abaratamiento del dólar. Es decir, se podía comprar en el país con bolívares menos bienes y servicios de los que se compraba en el exterior con su equivalente en dólares. Se abarataron las importaciones y se encarecieron las exportaciones. Un simple ejemplo numérico puede ilustrar la motivación de la devaluación. Una franela producida en el país tenía un precio de Bs 70 en el año 2010, pero como resultado de la inflación acumulada de 50% en el bienio 2011−2012 aumentó su precio a Bs 105 en 2013. Entre tanto, la misma franela se produce fuera del país a US$ 20, lo que a una tasa de cambio de 4,30 (para efectos de la simplificación se obvian aranceles, fletes e inflación en otros países) implicaba en 2010 y hasta el 7 de febrero de 2013 su comercialización en nuestro país a un precio de Bs 86. Este cuadro arroja que el producto nacional era competitivo en 2010; sin embargo, en 2013 ya no lo es. La franela nacional tendrá muchas dificultades para ser colocada en el mercado doméstico. ¿Qué se puede hacer para restablecer la competitividad del producto nacional? Corregir la tasa de cambio y sincerar la situación de un dólar artificialmente barato. Al pasar la tasa de cambio de Bs/US$ 4,30 a 6,30, la franela importada pasará a costar Bs 126, es decir, por encima del precio de la franela producida internamente (Bs 105, asumiendo que no la afecta la inflación interna ocasionada por la devaluación). En síntesis, si bien los precios del petróleo se encuentran en niveles sólidos, el control de cambio represa la fuga de capitales y las reservas internaciones permiten el funcionamiento estable de la economía, factores estos que determinan en buena medida la tasa de cambio en nuestra economía; la relación de precios internos y externos explicada arriba, determinante de nuestra competitividad, obligó a devaluar.

LA DEVALUACIÓN NO ES UNA PANACEA El “rezago” cambiario, llamado también sobrevaluación de la moneda, expresaba una distorsión económica que entrababa el desarrollo productivo del país, lo que hacía inviable el proceso de crecimiento económico, de desarrollo de nuevas actividades económicas y, en consecuencia, de la creación de puestos de trabajo, ingreso y riqueza. Esto significa que en el mediano plazo no estaban garantizadas las condiciones para darle continuidad a la política de creciente bienestar de la población y justicia en la distribución de la riqueza. Para que una actividad económica pueda mantenerse en el mediano y largo plazo, debe estar en capacidad de generar excedentes, salvo aquellas que determine el Estado y en razón de su importancia social y económica deban ser subvencionadas. Este es precisamente el propósito de la corrección cambiaria: establecer precios que hagan competitiva a la producción nacional. No obstante esto no es suficiente, la competitividad no puede fundamentarse exclusivamente en devaluaciones. El Gobierno revolucionario complementa esta medida cambiaria con políticas de desarrollo económico fundamentadas en el acceso al financiamiento de diferentes sectores de carácter estratégico a través de crédito subvencionado; realiza inmensas inversiones en el área productiva para desarrollar los ejes estratégicos de la industrialización del país, así como para crear la infraestructura social y productiva capaz de sostener una economía en expansión; se educa y califica a la fuerza de trabajo para elevar el rendimiento de la producción; impulsa proyectos de integración con extraordinarios beneficios potenciales para nuestra economía; entre muchas otras políticas. De tal manera que la devaluación no se encuentra aislada de la instrumentación de una política de desarrollo industrial. Ella constituye un ingrediente dentro de toda una estrategia que persigue una creciente productividad. No solo buscamos precios competitivos, sino el cambio en los fundamentos económicos para elevar el grado de desarrollo de las fuerzas productivas de la sociedad ¿”PAQUETAZO” ECONÓMICO? Con disparatados argumentos han pretendido comparar la corrección cambiaria recientemente anunciada con el tristemente celebre “viernes negro” de 1983 o con los paquetes neoliberales de los años 90. Nada más alejado de la realidad. En el 83 y, especialmente, en los 90, los planes económicos apuntaban a constituir una economía sustentada en las fuerzas del mercado, lo cual implicaba entregarle la economía nacional al capital financiero transnacional. Las medidas iban desde la privatización de empresas, la reducción sustancial del gasto social, el desmantelamiento del Estado, hasta la liberación de precios, la flexibilización del mercado laboral, la apertura de nuestra economía al capital especulativo extranjero, entre muchos otros despropósitos. Los paquetes neoliberales contenían devaluaciones con propósitos fiscales (cada dólar que ingresaba se traducía en mayor cantidad de bolívares), en tanto que los recortes del gasto social generaban ahorros muy sustanciosos. A esto se sumaba la estrategia de promoción de exportaciones no tradicionales, las cuales aumentaron como resultado de una contracción brutal del consumo interno con motivo de la depresión salarial. Sencillamente, la miseria producía excedentes que se colocaban en el exterior. Como resultado de las imposiciones del FMI se reportaban mayores recursos fiscales y fuentes de divisas dispuestas para el pago de la deuda externa a la banca imperialista. Ese era el objetivo fundamental de ese sacrificio criminal. Las dramáticas consecuencias sociales no importaban para nada. Debemos subrayar que la devaluación por sí misma no hace a nuestra política una política neoliberal. La medida cambiaria adoptada recientemente no tiene absolutamente nada que ver con esos paquetes. Regulamos los mercados, nos abrimos a la integración latinoamericana y no a las trasnacionales, creamos una nueva y revolucionaria ley del trabajo revolucionaria, fortalecemos el Estado con nuevas competencias económicas y sociales. El cambio más dramático se refleja en el ámbito social. Con las enormes inversiones se han logrado saltos históricos a favor del pueblo trabajador. Esto no solo se mantendrá con la medida cambiaria adoptada, sino que los recursos adicionales producto de la devaluación irán a financiar de manera creciente las Misiones y los diferentes programas sociales de la Revolución. Es un rumbo absolutamente distinto.

EL PROBLEMA DE FONDO ES DE CARÁCTER ESTRUCTURAL La historia de devaluaciones en el país no es reciente, es de vieja data. El problema de fondo de los procesos iniciados en el año 1983 con el “viernes negro” radica en el carácter rentista y dependiente del modelo capitalista que aún persiste en el país. Desde el inicio de la explotación transnacional de nuestro petróleo se fue configurando una economía dependiente financieramente de la renta petrolera y funcionalmente de los centros imperialistas. Ello se tradujo en un aparato productivo distorsionado, de escasa productividad, altamente monopolizado. Aunque implosionó en los años 90, su estructura aún no ha sido superada. Esto ha provocado un proceso inflacionario, que se extiende por casi tres décadas (pese a que la inflación en la actualidad es muy inferior al pasado, sigue siendo elevada) y que va deteriorando el valor de la moneda, su capacidad de compra. Por otra parte, la solidez de la moneda es un reflejo de la fortaleza productiva del país. Una economía obsoleta, escasamente competitiva e improductiva es el soporte de una moneda endeble. Esto significa que la estabilidad cambiaria en el mediano y largo lazo exige la aceleración de la transición de la economía rentista, que privilegia la especulación, a la productiva, que proyecta el trabajo como principal fuente de riqueza, todo ello sustentado en valores y principios de carácter socialista. Ese es el gran desafío.

MERCOSUR, INTEGRACIÓN Y DEVALUACIÓN A la luz de los proceso de integración fomentados por el comandante Chávez, la nación ha asumido nuevos compromisos comerciales y económicos, en general, que implican, entre otras cosas, un proceso de apertura comercial. De allí surgen enormes potencialidades para el crecimiento y el desarrollo. Los mercados de nuestros socios se abren para nuestros productos, muchas necesidades individuales y económicas pueden ser satisfechas con nuestros bienes y servicios producidos internamente, lo cual generaría empleo, ingresos y bienestar en nuestro país. No obstante, este proceso también representa un riesgo muy peligroso y evidente. Si no estamos en capacidad de competir con la producción de países del hemisferio tan importantes como Brasil y Argentina, no solo no aprovecharemos las oportunidades, sino que nuestro mercado será saturado por productos extranjeros. Esta situación exige una estrategia de desarrollo industrial contentiva de una tasa de cambio que revele una relación de precios atractiva para nuestros productores, vale decir, con posibilidades de obtener ganancias, esenciales en el funcionamiento de la empresa privada, pero también en la sustentabilidad de la empresa estatal. Esa es la vía para convertirnos en potencia económica, para contribuir a la construcción de un mundo multipolar y para consolidar nuestra soberanía.

NUEVO ÓRGANO SUPERIOR PARA LA OPTIMIZACIÓN Después de una década de control de cambio es necesario hacer una evaluación de su desempeño. En ese sentido, uno de los mayores logros del control cambiario se expresa en la estabilidad económica y política del país. En el pasado, en forma extrema en los años 2001−2002, los grupos económicos utilizaron su poder económico a través de la fuga masiva de divisas para atentar en contra del Gobierno del comandante Chávez. Eso se desactivo con Cadivi. Adicionalmente, contribuyó de manera decisiva a la recuperación de las reservas internacionales. En ese sentido, hay un balance altamente positivo. Por otra parte, si evaluamos los niveles de eficiencia en la asignación de divisas, los precios de los bienes importados, la calidad de la planificación de los flujos de divisas, observamos serias deficiencias. Esta situación se agravó con la creación del Sitme, que no solo asignaba recursos sin verificación de las prioridades para el desarrollo del país, sino que quebrantó la coherencia de la política cambiaria. La creación del Órgano Superior tiene como propósito restablecer el comando único y coherencia de la política cambiaria y maximizar la racionalidad de la misma. En pocas palabras, se trata de una planificación rigurosa y evaluación exhaustiva de las necesidades reales y prioritarias de divisas del país, para que su asignación coadyuve en un grado optimo al crecimiento de nuestra economía en función de los objetivos contemplados en el programa de la patria.

LUCHA CONTRA LA ESPECULACIÓN A la luz de la decisión de devaluar, que a pocos agrada, se plantea una vez más la necesidad de impulsar una lucha consecuente en contra de la especulación. Si bien el incremento del precio de la divisa encarece las importaciones, lo cual impacta en una economía con alto componente importado como la nuestra, no podemos permitir que se imponga la lógica de los especuladores. El efecto inflacionario debe ser parcial en su magnitud (no todo está determinado por el precio del dólar) y puntual en el tiempo (en el mes de febrero se debe absorber el impacto de la devaluación). Sin embargo, la voracidad especulativa se encuentra enquistada en lo más profundo del modelo económico y de la mentalidad empresarial, creando el peligro de que la devaluación sea aprovechada para que una élite de ricachones amase enormes fortunas, para una estafa masiva al pueblo venezolano. A los fines de contrarrestar este efecto se requiere de una creciente eficiencia de las instituciones del Estado. Estas deben atacar con determinación las odiosas prácticas y lo podrán hacer solo si están estrechamente articuladas con las organizaciones populares. Eso aún no se ha logrado y es una ventaja inadmisible que les otorgamos a los enemigos del pueblo. En lo inmediato se impone la consigan de eficiencia institucional y despliegue popular para derrotar a la especulación



 

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