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26.ene.2013 / 11:23 am / Haga un comentario

Los hechos contemporáneos más sintomáticos que permiten visualizar el carácter sistémico de la crisis del capitalismo y el despertar de la conciencia sobre la misma, se expresan en el movimiento de los indignados en Europa y Norteamérica, la Primavera Árabe, los cambios sociopolíticos en América Latina y la diversidad de movimientos en defensa de la Amazonia como el mayor arsenal de biodiversidad que dispone la humanidad, la lucha contra los alimentos transgénicos y la lucha por la preservación de los recursos acuíferos en los dos hemisferios.

El denominado sistema mundo moderno vive una crisis ecológica que se expresa en sucesos como el huracán Sandy en Estados Unidos, el tsunami en Japón, la tormenta Emily en Haití, el fenómeno de la Niña y el Niño, la creciente desertificación de los suelos y las inundaciones derivadas del deshielo de los casquetes polares.

El impacto no estimado de estos acontecimientos está en conexión con el efecto invernadero, producto de la emisión de CO2 y, en general, de todo el vertedero derivado del modelo de industrialización que caracteriza la revolución del motor de combustión. De allí que el aspecto ecológico encierre una dimensión sistémica de la crisis del sistema capitalista mundial.

Otro reflejo de esa crisis sistémica lo encontramos en el consenso cada vez más notorio en torno a la ausencia de alimentos para el consumo masivo. Si bien es cierto que las lluvias ácidas sobre los suelos disminuyen su fertilidad y por lo tanto son causal de la improductividad de alimentos, la verdadera razón de la escasez de rubros alimenticios radica en que una creciente porción de éstos se está destinando a la generación de biocombustible como el etanol (maíz, yuca, papa, caña de azúcar, remolacha) y el biodiesel (cártamo, girasol, palma de aceite, por mencionar algunos): el objetivo es alimentar al parque industrial automotriz y no a la sociedad.

Hoy el mundo tiene poco más de 7.000 millones de habitantes. El 61,09% pertenece a los países del Sur, mal llamados subdesarrollados, quienes viven el drama de enormes concentraciones demográficas en condiciones de hacinamiento, careciendo de servicios básicos como agua potable, electrificación, salud pública, recolección de basura, centros educativos, vialidad, entre otros. Aspectos que los hacen acreedores de estructuras familiares desintegradas.

Para el esquema centro-periferia, nacional o internacional, estos eran escenarios atractivos porque los proveería de abundante mano de obra barata y con contrataciones a destajo. No obstante, este circuito de perversidades en el esquema de la ganancia se ha convertido en un desorden inmanejable desde el punto de vista de la tranquilidad social para preservar sibilinamente el despojo en el seno de los países del sur dado que otras actividades como el narcotráfico, la informalización de la economía, el contrabando y los juegos de envite y azar le han disputado al capital formal este espacio, generando lo que hoy se puede denominar como el caos social de la rentabilidad que profundiza la dimensión sistémica de la crisis del capital.

Por otra parte, el mundo que se estructuró a partir de la Revolución Industrial que tuvo lugar en Inglaterra en 1870 ha configurado un modelo de consumo energético sustentado en los hidrocarburos (petróleo, gas y carbón), los cuales representan en la actualidad el 88,9% y el restante 11,1% está constituido por las llamadas energías alternas. El dilema radica en que la tasa de consumo no le da a la naturaleza la misma proporcionalidad que ella requiere para reponerse, lo cual hace que al ritmo de la demanda actual, no se pueda sostener el esquema exponencial de extracción de esta materia prima.

En términos de lógica matemática, según la Agencia Internacional de Energía (AIE), se requieren seis nuevas Arabia Saudita y un planeta y medio para que una parte del mundo, la agrupada en la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE), pueda sostener su ritmo de consumo, tanto en el welfare state como en el American way of life.

Es evidente la paradoja de la asimetría del acceso a la naturaleza que tienen los países del sur con respecto a los países del norte y, en paralelo, la democratización de lo absurdo como es asumir la desaparición de los bienes que puede disponer la tierra, porque el ritmo depredador que genera el consumo de energía del aparato industrial militar del mundo norte conduce a la extinción. Ese modelo de crecimiento se hace inviable y por extensión coloca la denominación de crisis energética como uno de los grandes pivotes de la crisis sistémica del capital.

HEGEMONÍA FINANCIERA

Una vez culminada la Segunda Guerra Mundial, en agosto de 1945 se crean tres organismos multilaterales para normalizar las transacciones monetarias, fiscales y comerciales: el Fondo Monetario Internacional (FMI), el Banco Mundial (BM) y posteriormente el Acuerdo General de Aranceles y Comercio (GATT), por sus siglas en inglés, en 1947, reconvertida en una nueva imagen Organización Mundial del Comercio (OMC) igualmente validada por la Organización de las Naciones Unidas (ONU) y el aval del dólar estadounidense por ser esta la economía con mayor volumen de reservas de metales preciosos monetizados tras la gran guerra .

La ausencia de impactos directos de la confrontación bélica y un vertiginoso crecimiento económico estimulado por la demanda masiva de bienes y servicios que demandan los países europeos, permitieron que los Estados Unidos dispusiera de un enorme superávit con respecto al resto de la economía mundo. Es tanto, que en la década de los años cincuenta EEUU representaba el 53,5% del producto interno bruto (PIB) del mundo, que lo convirtió en el principal soporte del sistema capitalista.

Pese a esa holgura económica, el orden capitalista tendría una de sus primeras crisis sistémicas en 1968, producto de la pesada carga financiera que generaba el gasto militar para EEUU a través de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) en el marco de la Guerra Fría, cuyos principal adversario era la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS). Los Estados Unidos estaban obligados a sobrellevar la protección militar del mundo occidental como mecanismo preventivo ante la URSS, y también para sostener sus zonas de influencia en Europa del Oeste, América Latina, el sureste asiático, Asia Pacífico y el sur de África.

Esa estrategia comprendió una doble transferencia: por una parte, tuvo que crear apertura de su mercado interno para los países en riesgo de la “amenaza comunista” como parte del discurso de la libertad y tuvo que garantizarles asistencia militar vía créditos del parlamento (Cámara Baja y Cámara del Senado). De allí que el mecanismo de la devaluación y la creación de papeles inorgánicos, equivalente a representaciones de valores con respecto a la economía real, se convirtieron en los instrumentos de contención de la Casa Blanca para impedir el avance soviético.

Es de esta forma como se fue enlazando el sistema financiero occidental, por lo tanto cualquier desajuste que presente el dólar se traduce en desequilibrio con respecto al crédito y a toda la arquitectura bursátil del capital. Eso es lo que explica la crisis del dólar en 1971, 1973-74, 1978, 1982, 1986 y la de 1998 pronosticada por el corredor de bolsa húngaro-americano George Soros, y que a la postre se conectaría con el sector inmobiliario de Estados Unidos y Europa en el 2008, es decir, la zona del dólar y el euro, que hasta este momento sostienen todo el modelo financiero heredado del acuerdo de Bretton Woods de 1944, la cual es calificada como la variable más emblemática de la crisis sistémica del capitalismo.

En medio de esta escena, lo que se conoce como el proceso de acumulación de capital en tanto que inversión-reposición y rentabilidad se dificulta permanentemente pese al mecanismo salomónico de las fusiones empresariales, financieras, comerciales y ahora tecnológicas, acompañadas del esquema de la flexibilidad laboral como mecanismo liberador de todo tipo de seguridad social

Es tan complicada esa situación que se recurre nuevamente al expediente de la guerra como la instancia más fluida para crear expectativas en el corto plazo sobre la ganancia. Vale decir, la economía real, la que concita una actividad productiva, deja de ser el pivote del crecimiento (por la devastación que ha venido estructurando la especulación de la mano del axioma neoliberal) para ser sustituida por La Financiarización. El sálvese quien pueda y el dejar pasar y dejar hacer es la racionalidad válida para obtener beneficios aun cuando el procedimiento sea las lavanderías monetarias.

 

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